Que sensación tan peculiar. Te pasas nueve meses con unas cosas, con unas manías y unas rutinas y en una casa... y sales de ahí y todo lo demás te parece extraño. Y luego, cuando vuelves ya no actúas como lo hacías antes, porque ya no lo sientes tuyo. Es como si tu casa ya no fuera tu casa aunque sigas teniendo tu habitación. Como si ya no pudieras ir a por un vaso de agua con normalidad. Como... como si tuvieras que pedir permiso para cada paso que das.
Nunca pensé que me sentiría así. Volver a dormir en mi cama, con mis cosas, mis peluches, mis fotos, mis cuadros, mis recuerdos.. mi vida al fin y al cabo.
Echo de menos mi vida, mis problemas, mis ganas de vivir, mis despertares, mi deshorden, ver mi cama deshecha a cada momento o levantarme a media noche y escuchar los ronquidos de mi padre..
El olor de mi ropa, las lentejas de mi padre, ver documentales de homicidios a todas horas porque a él le gustaban, encontrarme palomitas por el suelo, las charlas en plan padre e hija, contarle mis cosas, sus consejos, que me intente ayudar a hacer los deberes aunque no tenga ni idea, esa sonrisa que nunca se apaga.
Echo de menos llegar a mi casa y que en la puerta esté esperandome mi hermana, o la cara de rancia que se le ponía a Luisa al verme, o el silencio de mi padre tan peculiar cuando estaba cabreado conmigo.
Ojalá puediera retroceder el tiempo un año, y no cometer tantos errores.
A veces odio estar en mi casa, desearía que desaparecieran todos, siento que todo lo que engo es poco... Y ahora es cuando me doi cuenta de que he aprendido a valorar las cosas. Echo de menos hasta los malos momentos. Añoro mi casa, mi "familia" y creo que soy muy afortunada por todo lo que tengo y lo que soy y no necesito más de nadie.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Coments:)