25 de febrero de 2011
Esto es una carrera. Corres. Y corres. Quieres alcanzar la meta. Pero no sólo eso, también quieres ser el primero en alcanzarla el primero. Hasta que llega un momento que te fatigas. No puedes más. Estás agotado. Tan sólo vas por la mitad del recorrido. Necesitas parar. Pero no puedes, has de llegar a la meta. Te planteas si merece la pena seguir. Si te merece la pena el premio de la carrera después de las agujetas y el sofoco. No sabes que hacer. Miras a tu alrededor por el rabillo del ojo. Ves a la gente gritar tu nombre. Confían en ti. Pero ya no eres el mismo. Has perdido forma. Pero ellos necesitan que sigas. Que ganes. Pero aunque sabes que deberías parar, no quieres defraudarles. Ya no aguantas más. Estás cansado. Harto. Pero estás harto de correr por lo demás, para ser el divertimento de otros. Te van adelantando poco a poco tus adversarios. Te ves limitado. Crees que ya no tienes posibilidades de ganar. Piensas que si no vas a ganar, ya no merece la pena seguir corriendo. Pero, de repente, aparece. Aparece alguien que te regala una sonrisa. Que te apoya con una simple mirada, con un gesto. Que, inesperadamente, te llena de energía. Ahora tienes ganas de seguir. Obtienes fuerza. Obtienes ganas. Ahora aparte de correr te pones el primero. Quieres ganar. Por esa persona. Porque hay mucha gente a tu alrededor, pero nadie es comparable a ese ser. Corres sólo para que no se acabe la carrera, sólo para tener a esa persona tenerla cerca. Para estar a su lado. Porque vives sólo por ella. Vives sólo para vivir con ella.
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