26 de abril de 2011

Cuando tienes excesivo tiempo libre te da por pensar. Ya no tienes nada claro. Y continuamente te preguntas "¿Qué quieres hacer el año que viene?" "¿Dónde quieres vivir?" "¿Quienes son de verdad tus amigos?" "¿Sinceramente lo amas, Nerea?". Y muchas más preguntas. Y no encuentro respuesta a ninguna. Dudo de mis sentimientos, de mi futuro, de mi presente, de mis deseos. A menudo perseguir lo que deseas significa renunciar a lo que sabes que es correcto. Y llega un momento que tu día a día se convierte en un desafío constante. Ya ni siquiera sabes si lo que sabes es cierto o son mentiras que tu misma has querido creerte. Te levantas una mañana y dices: "Hoy todo va a cambiar, me voy a querer" pero a la mañana siguiente todo anda igual. Dudas, dudas, dudas... No te reconoces. Ya no te acuerdas de cómo eras en realidad. Estás rara. No te apetece hablar. Ni reír.  Ni siquiera perdonar. Y Todo ese huracán de sentimientos se empiza a juntar con la soledad, la desesperación y la puta rabia. Rabia de todo y de nada. Pero ahora estás más allá. Pensabas que eras la más grande. La estrella a seguir. Y poco a poco te das cuenta de que no. Eres una más. Ya no puedes jugar con la gente. Te odias, te odian. Todo va mal. ¡Quiero volver! Volver a ser como era antes, donde estaba antes. Creo que quizá no debería. Al final llegas a una conclusión: Vive hoy y mañana Dios dirá. Aceptaré la totalidad de las represarias quejás y demás.

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