7 de diciembre de 2011

Y cuando más lo miraba, más lo amaba.

La verdad, no sé si lo recordará. Pero yo sí, y nunca lo podré olvidar. Porque nunca dejé de necesitarle. Ni a él, ni a sus besos, ni las noches en su compañía. Los amaneceres observando sus párpados tumbados, soplando sus largas pestañas, sonriendo a su cuerpo desnudo, a su alma cansada. Escuchando sus llantos silenciosos, los que sus labios planeaban recitar. Leyendo sus miradas, comprendiendo sus gestos. Y mientras él dormía yo soñaba. Soñaba con sus sueños, en los cuales, estoy segura, que yo estaba. Y todo eso, mientras le observaba. Y seguía contemplando su tez pálida, sus brazos peludos y su cuello, del cual soy esclava. Y nada me importaba. Noche en vela bien empleada. Aquel día aprendí de memoria cada uno de sus rasgos. Sé donde están y porqué cada una de sus heridas de guerra. Y aprendí también el eje de cada uno de sus lunares sobre su espalda. Su dulce torso me dejaba atontada. Ya no hay pena ni gloria, el es todo lo que yo necesitaba. Estaba convencida, el era mi media naranja. Y al despertar, ahí yo estaba. A su lado, sonriendo, cual boba aniñada. Y de repente, otra mirada. Sus ojos sinceros, que ternura demostraban. Su boca cohibida para no decir nada. El tiene miedo a amar a quien a el le ama. Hace tiempo perdió su orgullo, y sus principios ya no valen de nada. Yo se que el siente, porque sino no haría nada. Yo se que el me deseaba, porque lo demostraba. Y otra vez ahí estaba, cual niño mimado, mientras yo le acariciaba. Dulce sensación que me entraba cuando volvía a cerrar los ojos con la piel erizada. Sus susurros cariñosos que a mi me refrescaban. Y volver a tenerle en mi regazo, que es lo que yo, hasta hace bien poco, deseaba. Y poseernos de nuevo hasta alcanzar la cumbre del placer. Sentirle mío, tan cerca que pueda tocar tu alma con un suspiro. Dulces sus manos paseando por mi espalda, dulces sus besos en cada rincón de mi anatomía. Y aquella noche aprendía, que no necesitaba nada. Que ya conozco la perfección y que la felicidad aparece cuando menos lo esperas. Y mucho mejor, aparece en la forma adecuada. Todo lo que deseaba, ahí estaba.



- Eres la suerte de mi vida, gracias por existir.

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